
Un acorde que en el video del instructor suena limpio a la primera, en mis manos se convierte en un golpe sordo de metal contra madera. Llevo semana tras semana intentando que mis dedos, todavía torpes para este oficio, entiendan que armar un acorde de guitarra acústica no es solamente apretar fuerte. Soy de los que empezaron tarde, cerca de los cuarenta, con la idea sencilla de acompañar un par de canciones en el grupo de alabanza de la iglesia, y nadie me avisó que el primer obstáculo real no sería la teoría ni memorizar los nombres de las notas, sino este ruido sucio que sale cada vez que intento algo tan básico como un Sol mayor.
La técnica básica que mis dedos de cuarenta y tantos no quieren entender
Llueve esta noche y la casa está en silencio, con los niños ya dormidos, así que el único sonido que queda es ese 'clac' seco cada vez que intento armar el Sol mayor para el ensayo del domingo. Mi guitarra acústica, de las baratas, parece tener una opinión distinta sobre lo que debería ser música. La realidad de empezar a esta edad es que mis dedos ya no tienen esa elasticidad de goma que se ve en los videos de internet, más acostumbrados a teclear correos que a domar madera. Después de las primeras semanas noté que mi guitarra tiene una 'acción' —la distancia entre la cuerda y el mástil— bastante alta, típico de los instrumentos económicos, y que domarla pide una fuerza de voluntad que a las diez de la noche no siempre tengo. Sostengo el mástil, trato de que las seis cuerdas afinadas a los 440 Hz reglamentarios vibren parejas, y lo que sale casi siempre es un silencio ahogado.

Hubo una noche, hace relativamente poco, en que estuve a punto de guardar la guitarra en su funda para no volver a sacarla. Estaba formando el acorde de Do y, al soltar, me quedé mirando el surco rojo que ya se me marca en la punta del dedo índice. No es solo que duela. Es que ese surco es la prueba de que aprieto con todo lo que tengo y aun así la cuerda de Mi agudo, la delgadita, sigue sonando como si alguien le hubiera puesto un trapo encima. Los callos todavía no llegan a donde los necesito —eso es tema para contarlo despacio otro día—, y apretar más fuerte, como descubrí después de varias noches así, casi nunca es lo que arregla el sonido. Lo único que sí recuerdo bien es el golpe seco de la púa de plástico contra las cuerdas en el primer rasgueo de cada ensayo, ese crujido que todavía me hace dudar un segundo antes de soltar la mano.
Ángulo, no fuerza: el verdadero problema
Un jueves me detuve a tocar cuerda por cuerda dentro del acorde, en lugar de rasguear con furia como de costumbre, y ahí noté algo: casi nunca era un problema de cuánta fuerza usaba, sino de en qué punto exacto caía el dedo junto al traste, la barra de metal y no el espacio en medio, como yo creía al principio. Mi falange se doblaba hacia abajo y apagaba sin que yo lo notara la cuerda de debajo, y ese es justamente el tipo de cosa que ya expliqué con calma en otra entrada de este diario, porque aquí me importa más contar lo que vino después del diagnóstico que el diagnóstico mismo.
Lo que vino después fue aceptar que cambiar de Sol a Re sigue significando, incluso ahora, una pausa incómoda en la que mi mano se queda suspendida en el aire buscando el traste correcto, como si mi cerebro ya supiera a dónde ir pero mis tendones estuvieran consultando un mapa viejo. Ese cambio de acorde sin perder el tiempo de la canción es otro asunto que me costó caro y que merece su propio espacio, pero aquí basta con decir que la pausa, aunque incómoda, es parte del proceso: una quietud necesaria antes de que el sonido finalmente respire.

Dejar de perseguir la limpieza total
Aquí es donde mi manera de verlo se separa un poco de lo que dicen los maestros en video. Al principio me obsesioné tanto con que cada cuerda sonara cristalina que dejé de tocar canciones completas: me podía pasar media hora ajustando un solo acorde de Do sin llegar nunca al coro. Con el tiempo entendí que dejar de exigir que cada cuerda suene perfecta desde el primer intento en realidad acelera todo lo demás. Si uno se detiene cada vez que una cuerda zumba, lo que se mata es el ritmo, y en la iglesia, o cantando con los que uno quiere, el ritmo es lo que mantiene viva la canción, no la pureza de la cuarta cuerda.
Durante varias semanas practiqué sin marcar el tiempo de ninguna forma, sin metrónomo, sin palmada, sin nada que me dijera dónde caía el pulso, y así fui armando, sin darme cuenta, un compás torcido que después me costó mucho enderezar. Cuando por fin probé a practicar con algo que marcara el tiempo de verdad, entendí que llevaba semanas acomodando mis cambios de acorde a mi propio paso irregular y no al de la canción, y corregir eso tomó más que aprender los acordes mismos. Buscando después cómo escuchar la melodía mientras aprendes a rasguear la guitarra acústica, entendí que el oído de un principiante es mucho más duro consigo mismo que el oído de quien te escucha desde la otra fila de sillas: la gente no nota el traste que apretaste mal, nota la intención detrás de la música.

El domingo en que la canción no se rompió
El domingo pasado llegué al ensayo y, casi sin darme tiempo para pensarlo demasiado, toqué 'Cuán Grande Es Él' completa, de principio a fin, sin detenerme una sola vez a buscar un acorde perdido. Para entonces ya íbamos como en la séptima semana de ensayar los jueves por la noche con ese cambio a Mi menor que antes me paralizaba, y esa tarde simplemente dejó de sentirse como un salto al vacío. Mi vecino, que vive para el lado del Barrio de la Cruz, salió como cada domingo a andar en bicicleta por el Centro Histórico mientras yo seguía ahí, guitarra en mano, y pensé que probablemente él nunca va a saber lo que significó para mí no soltar esa canción a la mitad. No sé todavía si ya estoy listo para acompañar un servicio completo sin tropezar —eso es una pregunta distinta, para otro momento—, pero esa tarde sí estuve listo para una sola canción, y por ahora con eso me basta.
Lo que me queda de esas siete semanas es que no hace falta esperar a que cada cuerda suene perfecta para empezar a tocar con otros. Hace falta, nada más, que el pulso no se rompa a la mitad, y que uno esté dispuesto a seguir aunque el acorde de salida suene todavía un poco sucio. Esos acordes imperfectos de hoy son, por ahora, el diario honesto de alguien que está aprendiendo a acompañar con las manos que tiene, no con las que quisiera tener, y cada vez que uno de ellos suena un poco más limpio que la semana anterior, ya es ganancia.