
La yema del índice aguanta mejor en el primer traste que en el segundo, y todavía no sé explicar por qué. Es de las pocas certezas que tengo con esta guitarra acústica barata, aquí en Querétaro, buscando acompañar alabanzas sin haber tocado nunca antes de los cuarenta.
Antes de seguir: algunos enlaces que vas a encontrar aquí son de afiliado, lo que significa que si entras y terminas comprando algo, a mí me toca una comisión chica y a ti no te cuesta ni un peso más. No es una guía para comparar cursos ni para decirte cuál es "el mejor", es simplemente lo que a mí me tocó probar, con sus aciertos y sus tropiezos, intentando acompañar música en mi iglesia sin haber tocado nunca antes.
¿Seguir una ruta de lecciones o aprender directo desde la canción?
Esa pregunta me la hice cargando bolsas una tarde en el Mercado de la Cruz, con un puesto cercano que traía la radio puesta en una estación de música cristiana. Tenía dos caminos frente a mí. Uno era bajar algo estructurado que me llevara paso a paso, como quien sigue un mapa. El otro era más terco: agarrar la alabanza lenta que mi grupo de la iglesia ya toca casi cada reunión y aprender solamente lo que esa canción me pidiera, en el orden que ella lo pidiera, sin preocuparme por nada más.
Probé el primero porque Cándida, una compañera de la oficina, vio mi blog abierto un día en la laptop del comedor de la empresa y desde entonces no ha dejado de mandarme videos de canciones que según ella "me van a quedar fáciles". Fue ella quien me insistió con una aplicación de guitarra que prometía enseñarme todo desde cero.
La aplicación que prometía orden y enterró a un principiante en lecciones sueltas
La instalé una noche con ganas reales de avanzar rápido. Lo primero que hizo fue mandarme a afinar una y otra vez, buscando ese La (A4) a 440 Hz con una precisión que a mí, francamente, me sobraba para lo que yo quería tocar. Después vinieron decenas de lecciones sueltas sobre escalas, sobre teoría, sobre ejercicios que no se conectaban entre sí ni apuntaban a ninguna canción concreta. Nunca me dijo cuándo estaría listo para sentarme con el grupo de música. Solo lecciones, una tras otra, sin un destino claro. Terminé cerrando la aplicación más confundido que cuando la abrí.

Aprender desde la canción que de verdad necesitaba
Lo que sí funcionó fue voltear la lógica. Dejé la aplicación a un lado y me senté con la grabación de la alabanza lenta que mi grupo ya toca, contando el compás de 4/4 con el pie mientras buscaba qué acordes necesitaba y en qué momento cambiaban. No aprendí teoría completa ni escalas. Aprendí los tres o cuatro acordes de esa canción, uno por uno, hasta que la mano los encontraba sin pensar. Cada sesión duraba poco, diez o quince minutos entre que llego del trabajo y la cena, porque a esta edad evitar el cansancio en las manos al tocar guitarra acústica no es opcional si no quiero despertar con los dedos entumecidos al día siguiente.

Lo que cada camino me dio, y lo que me quitó
La aplicación, hay que decirlo con honestidad, me habría dado una base más completa si la hubiera aguantado. Cubría teoría, técnica, cosas que algún día probablemente me van a hacer falta. Pero no tenía ni el tiempo ni las ganas de atravesar todo ese terreno antes de llegar a algo que pudiera tocar frente a otros. Anclarme a una sola canción, en cambio, me dio avance rápido y un motivo claro para cada acorde nuevo, aunque dejó huecos: me acuerdo de topar con un Fa que mi mano todavía no sabía resolver y tener que buscar un atajo para esa forma, porque la canción no esperaba a que yo madurara como guitarrista.
Arcelia, mi vecina de dos casas más allá, fue quien un día en la calle me explicó, sin ninguna solemnidad, cómo leer un diagrama de acordes. Lo supo porque su hija estudia música en la secundaria y se lo enseñó a ella primero. Lo contó de pasada, casi como quien comenta el clima, aunque se le notaba el orgullo por la muchacha aunque no lo dijera directamente. Con eso en la cabeza, el camino de la canción se volvió menos terco.
Más adelante sí recurrí a algo estructurado, pero ya con un objetivo puntual en mente. Guitarra Master me sirvió sobre todo para pasar de acordes sueltos a canciones completas sin perder el hilo, una vez que ya sabía qué quería lograr. Para alguien que apenas está empezando de cero, me parece más sensato algo como Guitarra para Principiantes con Música Cristiana, pensado para ese repertorio cómodo que se toca en casa o en una reunión pequeña.

Cuándo conviene cada ruta
Si tu meta es construir una base amplia, sin prisa por tocar algo específico el próximo domingo, una ruta estructurada tiene más sentido: te lleva en orden y no deja huecos gordos para después. Pero si lo que tienes enfrente es una sola alabanza que necesitas acompañar pronto, lo que a mí me funcionó fue anclarme a esa canción y dejar que ella dictara qué aprender primero, aunque eso signifique avanzar con hoyos que vas tapando sobre la marcha.
La primera vez que el cambio a Mi menor me salió a tiempo en medio de una alabanza, sin frenar nada, el pastor ni volteó. Ni se dio cuenta. Y eso, más que cualquier felicitación después del servicio, fue la señal de que el camino de la canción había funcionado: pasar sin que nadie note que pasaste es, creo, la meta real cuando lo que quieres es acompañar y no lucirte. Sigo leyendo de vez en cuando sobre lo que nadie te dice sobre aprender guitarra a los 40 años, y una de esas cosas es justamente esta: la paciencia que ya tienes a esta edad vale más que la velocidad que ya no tienes.

Ninguna de las dos rutas me arregló todo de un jalón, ni creo que exista esa que lo haga. Pero si tuviera que dejarle un consejo a otro que empieza tarde, sería este: no cargues con un método entero antes de saber qué canción quieres tocar primero. Si después de eso sientes que te falta orden para ir más allá, Guitarra Master es a lo que yo volví, y me dio justo la estructura que me hacía falta para dejar de saltar de video en video sin rumbo.