
¿Por qué el Do mayor me sigue sonando como si alguien le hubiera echado una cobija a las cuerdas, si en el diagrama se ve tan sencillo? Es la pregunta que me hago cada noche con esta guitarra acústica barata, cuando la casa ya se quedó callada y me queda un rato para ensayar. Cualquier principiante de guitarra que aprende acordes abiertos —los que viven en los primeros 3 trastes— tarde o temprano se topa con lo mismo. La técnica básica parece cosa de nada hasta que una cuerda se muere justo a la mitad del acorde. ¿Será la fuerza, será la guitarra, serán estas manos de cuarenta y tantos?
La respuesta corta, por lo que he probado, es que casi nunca es la fuerza. Lo que decide si el acorde suena limpio es dónde cae el peso de la mano y cómo entra cada dedo a la cuerda. Como no me sale hablar de esto en abstracto, lo pongo como lo he vivido: dos maneras de armar el mismo acorde, una junto a la otra, y lo que me dejó cada una.
Acordes abiertos: apretar fuerte contra poner el peso donde va

La primera manera fue la que se me ocurrió solo: apretar. Pensé que si cerraba la mano con la desesperación de quien se agarra de un salvavidas, la cuerda tendría que sonar. No sonó. Salió un cansancio sordo en la muñeca y un Do donde la cuerda de Sol se apagaba, o peor, ese golpe seco, como un 'thud', cuando la palma rozaba la Mi aguda.
El problema de esta manera es la guitarra misma. La mía es de gama baja, con la acción —la distancia entre las cuerdas y el mástil— algo alta, y su cejuela mide 43 mm, un ancho común en las acústicas de entrada. Para mis dedos, esos 43 milímetros son un campo de batalla donde cualquier movimiento en falso apaga la cuerda de al lado. En una guitarra acústica con cuerdas de acero el margen es corto: si no pisas justo donde va, la cuerda trastea o se muere. Apretar más no agranda ese margen, solo lo cansa.
La segunda manera es poner el peso en otro lado. Palma libre, pulgar en su sitio, dedos entrando como garras. Al principio se siente raro, casi como hacer trampa, porque la mano casi no hace fuerza. Pero las cuerdas suenan.
¿Dónde va el pulgar cuando los demás dedos trabajan?

En la primera manera la palma se hunde contra la parte baja del mástil. Con eso los dedos se aplanan, y un dedo plano roza la cuerda vecina. Para que un acorde abierto suene limpio, los dedos tienen que caer casi perpendiculares a la madera, como patas de araña o una garra. Si el dedo se inclina aunque sea un poco, adiós claridad.
El pulgar decide casi todo. Antes lo escondía o lo dejaba demasiado arriba, y la mano se cerraba como puño. Al bajarlo hacia la mitad de la parte trasera del mástil, los dedos ganaron el arco que necesitaban para no estorbar a las cuerdas de al lado.
Aquí aparece otra comparación, y esta contradice un poco a los tutoriales rápidos de internet. Muchos piden arquear los dedos al máximo, casi exagerado. Ese arco pronunciado sirve para dar con una cuerda que se muere, pero sostenido todo el tiempo deja la mano rígida, y una mano rígida no cambia de acorde a tiempo (esa es otra pelea, la de pasar de Sol a Do sin perder el compás, y la dejo para su propio día). Cuando recuerdo lo que leí sobre cómo evitar que las cuerdas de la guitarra suenen apagadas, me queda claro que la tensión es la que mata el sonido, no la falta de esfuerzo.
Las uñas al ras cambian el ángulo del dedo

Pensaba que mis uñas ya estaban cortas. Pero incluso un poco de uña hace que el dedo choque con el diapasón antes de que la carne alcance a presionar la cuerda con firmeza. Eso obliga a inclinar el dedo, y el dedo inclinado apaga la cuerda vecina. Fui por el cortauñas y me las dejé al ras. El cambio se notó enseguida: el dedo cae vertical y alrededor de la cuerda queda más aire.
El dolor sigue ahí, eso sí. El anular se me queda tibio y con un cosquilleo medio dormido cuando llevo un buen rato apretando el mismo traste, y el surco rojo que deja la cuerda es el recordatorio de que los dedos todavía se están acostumbrando (del ardor de las primeras veces ya hay otra entrada). El Sol mayor fue mi pesadilla porque pide estirar el meñique y el anular de una forma que, a esta edad, se siente casi antinatural.
Le conté a Cándida, la compañera de la oficina, que el Sol me sonaba sucio, y me contestó que ella en la ducha canta perfecto y que el problema debía ser mi guitarra. Lo sostuvo con una convicción que ya quisiera yo tener con el meñique.
Revisar cuerda por cuerda antes de fiarse de una aplicación

Antes de todo esto probé dejar que una aplicación de guitarra me llevara de la mano. Me abrumó: demasiadas lecciones, sin ningún orden que yo pudiera seguir, y terminé sabiendo un poco de todo y ningún acorde limpio. Lo que sí me funcionó fue mucho más aburrido: tomar un solo acorde y tocar una cuerda a la vez dentro de él, para comprobar que todas vibran.
Si una suena sorda, me detengo. Ajusto el ángulo del codo, muevo el pulgar un poco hacia la izquierda y vuelvo a intentar. Es un proceso lento, casi meditativo, que me ha servido mucho mientras sigo aprendiendo a usar una guitarra acústica barata para aprender música de iglesia, aceptando las limitaciones del instrumento y de mis propias manos.
Cuando el Sol salió limpio, con las cuerdas sonando parejas, el cuarto se me llenó de una música que no sabía que esta guitarra barata pudiera dar. No fue perfecto: si intento pasar rápido a Do, todavía se me cuela algún trasteo. Es una victoria chica, de esas que nadie nota en el ensayo de la Parroquia de Santiago Apóstol, pero yo sé que cada nota tuvo su lugar.
Cuándo elijo cada manera
Si tuviera que dejarlo en una regla, sería esta. Elijo el arco pronunciado y la presión decidida cuando estoy armando la forma de un acorde nuevo, o cuando una cuerda se muere y necesito encontrar qué dedo la está tapando. Elijo la garra suelta, con el pulgar a media espalda del mástil, cuando toca rasguear una canción o cambiar de acorde, porque ahí la rigidez es la que me hace perder el compás.
Apretar con toda la mano ya no la elijo casi nunca; no me da nada que la garra suelta no me dé con menos cansancio. Y si tu guitarra, como la mía, tiene la acción algo alta, más razón para no pelearte con ella a puro músculo. Antes de decidir la manera, corta las uñas, baja el pulgar y toca cuerda por cuerda; el acorde mismo te va diciendo cuál falta. Así sigo, una nota limpia a la vez, mientras el resto de la casa duerme.