
Terminé de practicar hace un rato. Son pasadas las once de la noche aquí en Querétaro y el silencio de la casa solo lo rompe el zumbido del refrigerador. Me quedé mirando mis manos bajo la luz de la lámpara y, la verdad, me dio un poco de pena. Mis yemas, esas que apenas se están endureciendo, estaban completamente negras. No era suciedad de la calle, era ese rastro oscuro que dejan las cuerdas cuando ya dieron lo que tenían que dar. Acerqué los dedos a la nariz y ahí estaba: ese olor a metal viejo, a moneda oxidada, que se queda pegado a la piel.
Mi guitarra, esa acústica barata que compré para acompañar los cantos en la iglesia, se veía igual de cansada que yo. Las cuerdas, que deberían brillar con ese tono dorado del bronce, se veían opacas, casi color café tierra. Y lo peor no es cómo se ven, sino cómo se sienten. Al intentar un cambio de acorde, sentí ese sonido áspero, como de lija, que hace mi dedo índice al deslizarse sobre la tercera cuerda oxidada. Es una sensación que te quita las ganas de tocar, como si el instrumento estuviera protestando por el descuido.
El clima de Querétaro y el sudor de los nervios

Hace unos seis meses, cuando empecé con esto, no pensaba que limpiar la guitarra fuera algo necesario. Pensaba que con guardarla en su funda bastaba. Pero aquí en Querétaro tenemos un clima caprichoso. Durante las semanas más secas de mayo, el aire se pone pesado y el polvo se mete por todos lados. La madera de mi guitarra, que es sencilla, sufre si la humedad relativa baja del rango recomendado de 45% - 55%. Pero el verdadero enemigo no es solo el clima, sino mis propios nervios.
Cuando ensayo las alabanzas para el domingo, me sudan las manos. Es un sudor ácido, cargado de esa ansiedad de no querer fallar el ritmo frente a todos. Ese pH ácido es veneno para las 6 cuerdas metálicas. Si no las limpio, el sudor se queda ahí, carcomiendo el metal mientras yo duermo. Recuerdo que después de un ensayo en la iglesia una tarde de agosto, dejé la guitarra en el atril y no la toqué en dos días. Cuando volví a ella, las cuerdas estaban pegajosas. Una suciedad grisácea se había acumulado justo donde presiono los trastes.
Esa pequeña frustración al ver mis yemas negras después de solo diez minutos de intentar sacar el sonido limpio de un acorde de Sol me hizo entender que algo tenía que cambiar. No puedo estar comprando un juego de cuerdas cada quince días; el presupuesto no da para tanto y, seamos honestos, cambiar cuerdas me toma una eternidad porque todavía me da miedo romperlas. He estado leyendo sobre cómo cambiar cuerdas de guitarra acústica sin romperlas en el intento, pero mi meta ahora es que las que tengo puestas me aguanten un poco más de vida.
La trampa de la limpieza obsesiva

Al principio, mi reacción fue irme al otro extremo. Compré un líquido limpiador en una tienda del centro y un paño que juraba ser milagroso. Me puse a tallar las cuerdas como si estuviera puliendo los rines de un coche. Pero aquí aprendí algo que nadie te dice en los manuales: limpiar obsesivamente las cuerdas después de cada uso puede acelerar su desgaste prematuro si utilizas paños demasiado abrasivos o productos químicos fuertes. Resulta que muchas cuerdas, incluso las de calibre 'Light' (.012 - .053) que uso yo, traen una capa protectora de fábrica.
Si le das con ganas con un trapo viejo de cocina o usas alcohol, lo que haces es quitarle esa protección anticorrosiva. Es como si le quitaras la piel a la cuerda. Ahora, lo que hago es mucho más simple y me ha funcionado mejor. Tengo un paño de microfibra, de esos que se usan para los lentes, y simplemente lo paso por encima y por debajo de cada cuerda después de tocar. Sin mojarlo, sin químicos. Solo para quitar la humedad de mis dedos. Es un ritual de un minuto que me ahorra semanas de óxido.
A veces, mientras limpio, me pongo a pensar en lo mucho que me falta. Todavía me cuesta que el rasgueo no suene atropellado. He estado practicando cómo escuchar la melodía mientras aprendes a rasguear la guitarra acústica, y me doy cuenta de que si las cuerdas están limpias, el brillo del sonido me ayuda a distinguir mejor las notas. Cuando las cuerdas están muertas de mugre, todo suena como si tuviera una almohada encima.
El miedo a arruinar la madera

Hace apenas un par de semanas, me fijé en el diapasón, esa parte de madera oscura donde pongo los dedos. Entre los trastes se había formado una costra de piel muerta y grasa. Se ve horrible, como si la guitarra tuviera caspa. Mi primer instinto fue usar una esponja húmeda, pero me detuve a tiempo. La madera del diapasón suele estar al natural, sin barniz, y meterle agua es buscar que se hinche o se tuerza.
Lo que aprendí es que el diapasón solo necesita una limpieza profunda una o dos veces al año, cuando quitas todas las cuerdas. Para el día a día, con el mismo paño seco basta. Si la mugre está muy pegada, uso una tarjeta de plástico vieja (como una de crédito que ya no sirva) para raspar muy suavemente, sin enterrar la esquina. Es increíble la cantidad de "basura" que uno deja en el instrumento. Limpiar esto no es vanidad, es respeto al instrumento que me permite servir en la iglesia y una forma de que el tacto sea más suave.
He notado que cuando el diapasón está limpio, mis dedos se deslizan mejor. No es que de pronto ya toque como profesional, pero al menos no siento que estoy peleando contra la pegajosidad de la madera. Esos pequeños detalles hacen que la práctica nocturna sea menos pesada, menos frustrante cuando el acorde de Fa sigue sin salirme del todo...
Pasos sencillos para el mantenimiento en casa

Si tú también estás empezando y tienes una guitarra que te costó esfuerzo comprar, no necesitas gastar una fortuna en kits de limpieza profesionales. Con lo que tienes en casa puedes hacer que esas cuerdas duren mucho más. Aquí te cuento lo que yo hago cada noche, antes de irme a dormir y después de que los niños ya cerraron los ojos:
- Usa un paño de microfibra limpio. Es fundamental que no suelte pelusa. Las toallas de algodón viejas a veces se atoran en las cuerdas entorchadas y dejan hilos que luego vibran raro.
- Pasa el paño abrazando la cuerda. No solo por arriba. Pellizca la cuerda con el trapo y deslízalo desde el puente hasta la cejuela. Te sorprenderá ver la línea negra que queda en el trapo.
- No uses limpiadores de muebles. El aceite rojo o los abrillantadores de madera de supermercado tienen siliconas que pueden arruinar el acabado de la guitarra a largo plazo. Si quieres limpiar el cuerpo, un paño apenas húmedo con agua y secar de inmediato es suficiente.
- Lávate las manos antes de tocar. Parece obvio, pero a veces llego de la chamba directo a agarrar la guitarra y traigo todo el polvo del día. Lavarse las manos con jabón neutro es el mejor "limpiador de cuerdas" que existe.
Las cuerdas de bronce 80/20, que son las que venían con mi guitarra, tienden a oxidarse más rápido que las de fósforo bronce debido a su composición química. Son más brillantes al principio, pero mueren más rápido. Por eso, con ellas soy todavía más cuidadoso. No quiero que el domingo, a mitad de una canción lenta, la cuerda se sienta áspera y me distraiga de lo importante, que es el momento de oración.
Al final, cuidar la guitarra es un poco como cuidar la fe. No se trata de grandes gestos una vez al año, sino de esa constancia pequeña, diaria, de limpiar lo que se ensucia, de afinar lo que se desvía y de estar presente, aunque sea un ratito cada noche. Mi guitarra sigue siendo barata y mis dedos siguen doliendo, pero al menos ahora el sonido es honesto y las cuerdas brillan un poco más bajo la luz de la sala.